No existe una fórmula para ser feliz, pero algunas formas de hablarse a uno mismo pueden ayudar a afrontar mejor los problemas, reducir el pensamiento catastrófico y mantener una perspectiva más equilibrada.
La felicidad no significa vivir sin problemas. De hecho, una de las diferencias que señala la psicología entre las personas con mayor bienestar emocional y quienes quedan atrapadas con facilidad en pensamientos negativos está en la manera de interpretar lo que les ocurre.
Una revisión de investigaciones sobre optimismo, esperanza y bienestar apunta a que las personas con una visión más positiva de la vida tienden a utilizar un diálogo interno más flexible y menos centrado en anticipar el peor escenario. No se trata de repetir frases motivacionales como si fueran una fórmula mágica, sino de aprender a interpretar las dificultades sin convertirlas en conclusiones definitivas sobre la propia vida.
Ese cambio puede reflejarse en expresiones sencillas que ayudan a sustituir pensamientos absolutos por otros que dejan abierta la posibilidad de actuar.
1. “Esto puede mejorar”
Cuando una situación sale mal, es fácil pensar que seguirá siendo así. El problema aparece cuando un momento complicado termina convirtiéndose mentalmente en una sentencia sobre el futuro.
Pensar que algo puede mejorar no significa negar lo que está ocurriendo. Significa reconocer que una circunstancia difícil puede cambiar y que todavía existen posibilidades de actuar sobre ella.
La esperanza, precisamente, está relacionada con esa capacidad de imaginar alternativas y mantener la posibilidad de avanzar incluso cuando las cosas no salen como se esperaba.
2. “Puedo volver a intentarlo”
Un error no tiene por qué convertirse en una definición personal.
Cambiar el “no puedo” por la posibilidad de volver a intentarlo permite interpretar el fracaso como una experiencia concreta y no como una prueba de incapacidad permanente.
Esta manera de pensar está relacionada con la resiliencia, una capacidad que permite afrontar las dificultades y recuperarse después de experiencias adversas.
3. “No necesito hacerlo perfecto”
El perfeccionismo puede convertir pequeños errores en grandes fracasos.
Una persona puede terminar un proyecto, aprobar un examen o conseguir un objetivo y, aun así, concentrarse únicamente en aquello que no salió exactamente como quería.
Aceptar que algo puede estar bien sin ser perfecto ayuda a reducir esa presión. El objetivo deja de ser conseguir un resultado impecable y pasa a ser avanzar y aprender durante el proceso.
4. “Voy paso a paso”
Ante un problema grande, pensar en todo lo que falta puede generar sensación de bloqueo.
Dividir una dificultad en acciones más pequeñas permite recuperar cierta sensación de control. En lugar de intentar resolverlo todo de una vez, la atención se concentra en aquello que sí puede hacerse en ese momento.
Este tipo de pensamiento también ayuda a evitar que la incertidumbre sobre el futuro termine dominando el presente.
5. “Este momento no define toda mi vida”
Un mal día puede sentirse enorme cuando se está atravesando.
Sin embargo, convertir una experiencia negativa en una conclusión general —“todo me sale mal”, “siempre será así” o “nunca voy a conseguirlo”— amplía mentalmente el problema.
Una forma más equilibrada de hablarse a uno mismo consiste en separar el episodio de la historia completa. Un fracaso, una discusión, una ruptura o un periodo complicado forman parte de una vida, pero no necesariamente la definen por completo.
El optimismo no consiste en fingir que todo está bien
Este es quizá el punto más importante.
La psicología no plantea que una persona tenga que repetir frases positivas para mantenerse feliz ni que deba ignorar las emociones desagradables. El optimismo saludable es diferente del pensamiento positivo llevado al extremo.
Una persona puede estar triste, enfadada, preocupada o decepcionada y, al mismo tiempo, conservar la capacidad de pensar que esa situación puede cambiar.
Investigaciones sobre las respuestas frente a pensamientos ansiosos han encontrado que trabajar con interpretaciones alternativas más positivas puede ayudar a reducir la preocupación excesiva y favorecer una mejor regulación emocional.
Por eso, más que memorizar cinco frases, la clave está en cambiar poco a poco el tipo de conversación que una persona mantiene consigo misma.
La diferencia está en cómo se interpreta el problema
Ante una misma situación, dos personas pueden sacar conclusiones completamente diferentes.
Un error puede convertirse en “no sirvo para esto” o en “todavía necesito aprender”. Un rechazo puede interpretarse como “nadie me quiere” o como “esta oportunidad no funcionó”. Un día complicado puede terminar en “todo va mal” o en “hoy fue difícil y mañana será otro día”.
La segunda forma de interpretar las cosas no garantiza la felicidad, pero evita añadir al problema una conclusión todavía más negativa.
En definitiva, las personas felices no tienen necesariamente una vida perfecta ni existe una lista de cinco frases capaz de garantizar el bienestar. Lo que sí aparece asociado en la investigación con una mayor sensación de bienestar es una forma de pensar más flexible, esperanzada y menos dominada por el catastrofismo.
Y ese cambio puede empezar por algo tan cotidiano como la manera en que cada persona se habla a sí misma.
