La categoría “No View / Audio Only” permite acceder al estadio por unos 70 euros, pero con una condición: el espectador no podrá ver ni el escenario ni las pantallas.
Pagar una entrada para un concierto y asumir desde el principio que no vas a poder ver al artista. Esa es la particular situación que se han encontrado algunos seguidores de Bruno Mars durante su actual gira.
En sus conciertos en Wembley, Londres, se puso a la venta una categoría denominada “No View / Audio Only”, con precios cercanos a las 58 libras, unos 70 euros. El comprador obtiene acceso al estadio y puede escuchar el espectáculo, pero desde una ubicación desde la que no tiene visión del escenario ni de las grandes pantallas que muestran la actuación.
La peculiar modalidad ha provocado un debate sobre hasta dónde puede llegar la industria del entretenimiento para aprovechar la enorme demanda que generan las grandes estrellas.
Pagar por estar, aunque no puedas ver
La situación resulta especialmente llamativa porque los conciertos de Bruno Mars destacan precisamente por su puesta en escena y por el protagonismo del artista sobre el escenario.
Según la información publicada por El País, los precios oficiales para los conciertos de Wembley oscilaban entre 71,70 y 588,60 libras. Con las seis fechas agotadas, las localidades con visión limitada llegaron a superar los 210 euros en la reventa.
En ese contexto, la entrada “Audio Only” plantea una pregunta evidente: ¿qué está comprando realmente el espectador?
No se trata simplemente de un asiento con mala visibilidad, algo habitual cuando un recinto tiene miles de localidades. En este caso, la propia categoría advierte al comprador de que no podrá ver el espectáculo.
No es la primera vez
Bruno Mars tampoco es el primer gran artista que ofrece localidades con una visibilidad extremadamente limitada.
Durante el Renaissance Tour, Beyoncé puso a la venta asientos situados detrás del escenario desde los que tampoco se podía disfrutar de una visión normal del espectáculo.
La diferencia ahora está en la forma de presentar el producto: convertir deliberadamente la ausencia de visión en una categoría específica de entrada.
La fórmula recuerda a una tendencia cada vez más habitual en el entretenimiento: dividir una experiencia en diferentes niveles y cobrar por cada elemento.
Entradas VIP, acceso prioritario, comida, encuentros con artistas, zonas exclusivas o mejores ubicaciones son algunas de las fórmulas que han permitido aumentar los ingresos alrededor de los grandes conciertos.
Ahora aparece una posibilidad aparentemente contradictoria: hacer el producto peor para poder venderlo más barato y, al mismo tiempo, obtener ingresos de personas que no pueden permitirse las localidades convencionales.
El fenómeno de la “mierdificación”
El caso ha sido relacionado con el concepto de “mierdificación”, utilizado para describir cómo algunos servicios van degradando o fragmentando sus productos mientras crean nuevas formas de monetización.
En el sector de los conciertos, la lógica sería sencilla: si ya no quedan entradas buenas y existe una enorme demanda, cualquier espacio disponible puede convertirse en una nueva categoría comercial.
La entrada “Audio Only” lleva esa estrategia un paso más allá: separa la experiencia visual de la sonora y convierte la posibilidad de estar físicamente dentro del recinto en un producto independiente.
Y quizá ahí esté la verdadera cuestión. El comprador no necesariamente está pagando por disfrutar del concierto en las mejores condiciones, sino por poder decir que estuvo allí.
El fenómeno fan cambia las reglas
Los grandes conciertos se han convertido también en acontecimientos sociales. Para muchos seguidores, compartir el espacio con decenas de miles de personas y formar parte del ambiente puede tener un valor propio.
Un ejemplo son los fans que, durante conciertos de grandes estrellas como Taylor Swift, se han reunido en los alrededores de los estadios para escuchar gratuitamente la música desde fuera.
La entrada “Audio Only” convierte esa misma necesidad de proximidad en un producto comercial.
La pregunta es si estamos ante una nueva forma de democratizar el acceso a los grandes conciertos —aunque sea con una experiencia limitada— o ante otro ejemplo de una industria que monetiza cada vez más partes de una experiencia que antes se vendía como un paquete completo.
El público decide
Hay un dato que explica por qué este tipo de iniciativas pueden seguir apareciendo: la demanda.
Las seis noches de Bruno Mars en Wembley se agotaron y, según los datos recogidos por El País, la venta de entradas para la gira alcanzó los 2,1 millones de localidades despachadas en un solo día.
Mientras exista gente dispuesta a pagar por ocupar incluso el rincón más alejado de un estadio, habrá empresas dispuestas a convertir ese espacio en una entrada.
La cuestión ya no es solamente cuánto cuesta ver a Bruno Mars.
La pregunta es cuánto estamos dispuestos a pagar por poder decir que estuvimos allí.
Fuente: ICON, El País
