Aunque los científicos pueden identificar zonas de riesgo y calcular probabilidades, todavía no pueden decir el día, la hora y la magnitud exacta de un terremoto.
Cada año se registran miles de terremotos en el mundo. Muchos son tan pequeños que pasan inadvertidos, mientras otros pueden destruir edificios, provocar víctimas y alterar por completo una región.
Después de los recientes movimientos sísmicos registrados en Colombia y Venezuela, vuelve una pregunta que suele aparecer cada vez que tiembla: ¿por qué la ciencia todavía no puede avisar con precisión cuándo ocurrirá un terremoto?
La respuesta tiene que ver con lo que sucede bajo nuestros pies.
Los terremotos se producen cuando la tensión acumulada durante años o incluso siglos en una falla geológica se libera de forma repentina. Los científicos pueden estudiar esas fallas, conocer su ubicación, analizar sus características y establecer qué magnitudes podrían alcanzar determinados eventos.
Lo que no pueden determinar con precisión es el instante en que la tensión superará la resistencia de las rocas y provocará el movimiento.
Como explica a BBC Mundo Antonio Morales Esteban, especialista en ingeniería sísmica de la Universidad de Sevilla, es posible conocer con cierta precisión dónde están las fallas y estimar algunos parámetros, pero determinar el momento exacto continúa fuera del alcance de la ciencia.
La inteligencia artificial tampoco puede decir cuándo va a temblar
Uno de los grandes retos está en que los terremotos ocurren a kilómetros de profundidad, en condiciones de presión y temperatura que los instrumentos no pueden observar directamente.
Los investigadores obtienen información a partir de las ondas sísmicas y de otros sistemas de medición, como GPS e instrumentos instalados en determinadas zonas. Pero todavía existe una enorme cantidad de información que permanece fuera del alcance directo de los científicos.
También se han investigado posibles señales previas, desde cambios en gases como el radón hasta modificaciones en la actividad de algunos animales. Sin embargo, ninguna de estas señales ha demostrado ser suficientemente consistente para anunciar un terremoto con anticipación.
La inteligencia artificial ha abierto otra vía de investigación. Su capacidad para procesar grandes cantidades de datos permite buscar patrones que podrían pasar inadvertidos para los investigadores. Aun así, los resultados actuales permiten establecer probabilidades o detectar determinadas relaciones, no anunciar que un terremoto ocurrirá mañana a una hora determinada.
La dificultad es enorme porque cada falla tiene características diferentes y los datos disponibles sobre su comportamiento suelen abarcar periodos mucho más cortos que la historia geológica de la Tierra.
La verdadera herramienta para salvar vidas ya existe
Que no se pueda predecir exactamente un terremoto no significa que la ciencia no pueda hacer nada.
Los especialistas consultados por la BBC destacan que existen herramientas para reducir considerablemente sus consecuencias: mapas de peligro sísmico, sistemas de alerta temprana, normas de construcción y preparación de la población.
Aquí aparece una diferencia fundamental: peligro sísmico y riesgo no son exactamente lo mismo.
Una zona puede tener capacidad para producir terremotos fuertes, pero si sus edificios están preparados y la población sabe cómo actuar, las consecuencias pueden ser menores.
Por eso, la vulnerabilidad de las construcciones y la preparación de las ciudades son determinantes. Chile y Japón son ejemplos de países que han desarrollado normas antisísmicas estrictas precisamente porque conviven con una elevada actividad sísmica.
La ciencia puede estudiar las fallas, calcular probabilidades y mejorar los sistemas de alerta. Pero, por ahora, la mejor defensa sigue siendo otra: construir mejor, prepararse y reducir la vulnerabilidad antes de que llegue el próximo movimiento.
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Fuente: BBC News Mundo.
