La audiencia no está abandonando las redes, pero sí parece estar cambiando su relación con los creadores: más publicidad, vidas aparentemente perfectas y una cercanía que ya no siempre resulta creíble.
Durante años, los influencers consiguieron algo que las celebridades tradicionales no habían logrado: hacer que millones de personas sintieran que conocían de cerca a alguien que veían en una pantalla.
Esa cercanía fue precisamente una de las claves de su éxito. Una persona grabándose desde su habitación, contando qué compraba, dónde viajaba o qué productos utilizaba parecía mucho más próxima que una estrella de televisión.
Pero esa fórmula empieza a mostrar señales de desgaste.
La última edición del estudio Navegantes en la Red, elaborado por la Asociación para la Investigación de Medios de Comunicación (AIMC), muestra que el fenómeno sigue teniendo una enorme dimensión: el 56,4% de los encuestados afirma seguir a algún influencer, youtuber o streamer.
El problema aparece en la percepción que tienen sus propios seguidores. Según los datos recogidos por MeriStation, el 69,8% considera que los influencers utilizan o abusan de la publicidad encubierta, mientras que el 61,9% cree que la mayoría de sus publicaciones tienen carácter publicitario. (Diario AS)
El cansancio no significa que los influencers hayan desaparecido
La llamada “caída de los influencers” debe entenderse con cuidado. No existe evidencia de un abandono masivo de las redes ni de que los grandes creadores hayan dejado de tener influencia.
Al contrario: algunos mantienen audiencias enormes y siguen siendo capaces de generar millones de visualizaciones, búsquedas y conversaciones.
Lo que parece estar cambiando es la confianza.
Cuando cada viaje incluye una colaboración, cada producto aparece acompañado de un código promocional y hasta las rutinas cotidianas parecen formar parte de una campaña, algunos usuarios empiezan a percibir que aquella espontaneidad que hizo famosos a los influencers ya no es la misma.
La propia conversación dentro del sector refleja ese malestar. Algunos creadores han reconocido sentirse saturados por la cantidad de publicidad que rodea actualmente a las redes sociales.
También ha ganado fuerza el llamado de-influencing, una tendencia en la que otros creadores recomiendan precisamente qué productos no comprar y cuestionan la necesidad de adquirir todo aquello que se presenta como imprescindible.
El fenómeno plantea además una paradoja: una polémica puede terminar beneficiando al propio influencer. Más críticas pueden significar más comentarios, búsquedas y visualizaciones. Por eso, como señala la creadora Fabiana Sevillano en el artículo de MeriStation, incluso una mala reputación puede traducirse en interacción.
El posible cambio, por tanto, no parece ser el final de los influencers, sino el final de una determinada forma de serlo.
La audiencia ya conoce mejor cómo funciona este negocio y distingue con mayor facilidad entre una recomendación personal y una promoción. El reto para los creadores será recuperar algo que no se compra con publicidad: la sensación de autenticidad.
Porque quizá los usuarios no estén dejando de mirar a los influencers. Lo que están empezando a hacer es creerles menos.
Fuente: Diario AS – MeriStation, artículo actualizado el 18 de agosto de 2026.
