La confirmación del mandatario estadounidense llega tras semanas de tensión bilateral, cierres aéreos y amenazas cruzadas, reavivando dudas sobre el rumbo de la relación entre Washington y Caracas.
El domingo 30 de noviembre de 2025, el presidente Donald J. Trump confirmó públicamente que sostuvo una llamada telefónica con Nicolás Maduro, en respuesta a preguntas de periodistas a bordo del Air Force One. “Sí, hablé con él”, dijo, aunque se negó a ofrecer detalles sobre el contenido del diálogo.
El anuncio se produce en un contexto de alta tensión entre Estados Unidos y Venezuela: en días recientes Trump había declarado que el espacio aéreo sobre Venezuela debería considerarse “cerrado en su totalidad”, generando alarma en Caracas y confusión internacional. Además, la administración estadounidense ha elevado la presión militar en la región, lo que ha puesto en jaque las relaciones diplomáticas tradicionales.
Aunque la existencia de la llamada ya la habían reportado medios como The New York Times, era Trump quien debía ratificar oficialmente — algo que hizo sin calificar la comunicación como positiva ni negativa: “no diría que salió bien ni mal, fue una llamada telefónica”, comentó.
El contexto lo vuelve un gesto de alto riesgo: Estados Unidos acusa al gobierno de Maduro de narcotráfico y terrorismo y ha manifestado la disposición a intervenir militarmente, mientras el gobierno venezolano rechaza esas amenazas y advierte que no aceptará presión extranjera.
Más allá de los posibles escenarios bélicos, esta llamada rompe con años de aislamiento diplomático entre Washington y Caracas, lo que podría abrir una puerta —aunque incierta— para negociaciones, presión internacional o una eventual hoja de ruta diferente. Pero la ambigüedad de Trump y la falta de transparencia sobre lo conversado alimentan la desconfianza, tanto dentro como fuera de la región.
La confirmación de la llamada entre Trump y Maduro demuestra que, aun en tiempos de confrontación, la diplomacia informal sigue siendo una herramienta —o al menos una opción— sobre la mesa. Pero la ambigüedad del mensaje también deja en evidencia la fragilidad del momento: cualquier gesto mínimo podría ser interpretado como una señal de escalada o de apertura. Para América Latina, y particularmente para Venezuela, el llamado reaviva la pregunta: ¿es un paso hacia la comunicación o un preámbulo de una nueva crisis? El desenlace dependerá ahora de los próximos movimientos diplomáticos y militares.
