La caída del presidente Umaro Sissoco Embaló reabre una etapa de inestabilidad en Guinea-Bisáu, un país marcado por golpes militares y profundas dificultades económicas.
Un grupo de oficiales del ejército de Guinea-Bissau anunció el 26 de noviembre de 2025 que ha depuesto al presidente Umaro Sissoco Embaló y asumido el control del país, en pleno recuento electoral. Los militares autoproclamados conformaron la “Alta Comandancia Militar para la Restauración del Orden”, suspendieron el proceso electoral y cerraron las fronteras nacionales.
El anuncio fue hecho desde el cuartel general del ejército, transmitido por televisión estatal, después de que se reportaran disparos cerca del palacio presidencial y de la sede de la comisión electoral, lo que intensificó la tensión en la capital. El golpe ocurre apenas días después de unas elecciones presidenciales y legislativas disputadas, en las que tanto Embaló como su principal rival, Fernando Dias da Costa, se proclamaron ganadores, antes de que los resultados oficiales fueran publicados.
Guinea-Bissau tiene una historia marcada por la inestabilidad política: desde su independencia en 1974 ha sufrido múltiples golpes o intentos de golpe, lo que ha socavado las posibilidades de consolidar instituciones democráticas estables. En este contexto, este nuevo quiebre refuerza la percepción de que el país —con economía frágil y altos índices de pobreza— sigue atrapado en un ciclo de crisis institucional y militarismo.
Diversos sectores alertan de las posibles consecuencias: interrupción de la democracia, violaciones a derechos humanos, aislamiento internacional y nuevas olas de violencia. Además, la suspensión del proceso electoral y del orden constitucional genera incertidumbre no solo para los actores políticos, sino para toda la ciudadanía, que veía en esos comicios una oportunidad para la estabilidad.
El golpe militar en Guinea-Bissau demuestra —una vez más— lo frágil que puede ser la democracia cuando los instrumentos institucionales no alcanzan a contener las ambiciones del poder militar y la desconfianza post-electoral. La depuración del orden democrático por la fuerza pone en jaque no solo los resultados de las urnas, sino el futuro mismo de la gobernabilidad y el bienestar ciudadano. Frente a este nuevo retroceso, el mundo debe prestar atención: el silencio internacional y la indiferencia ante la repetición sistemática de golpes solo perpetúan el sufrimiento de quienes más dependen del Estado.